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Miércoles, 08 de agosto de 2007

EN BUSCA DE LA EDUCACIÓN PERDIDA

Con la nueva asignatura de educación para la ciudadanía ha nacido una estrella a punto de estrellarse; no hay foro de reflexión social o político en la que pase desapercibida, subiendo la temperatura del debate a golpe de manifestaciones afinadas y sopesadas, mientras la educación va bajando a límites históricos de fracaso escolar (29,6% en España).

Por lealtad democrática y voto de confianza hacia quienes hoy nos gobiernan, no nos cabe duda alguna de su recta intención a la hora de promover esta nueva asignatura. Hasta ahí todo bien. Pero a no pocos nos produce cierto estupor y lógico malestar, que el programa y la forma de imponerlo sobrepase los propios límites de lo educativo, introduciendo con él en la conciencia de los ciudadanos un caballo de Troya moral preñado de valores y principios que ningún partido, sea de derechas o de izquierdas, tiene derecho a imponer a la libertad de los ciudadanos.

Detrás de los programas para la educación ciudadana propuestos por nuestras autoridades, hay un disfraz ideológico destinado a satisfacer intereses particulares y nada neutrales. Los mismos que deciden el programa y su orientación final, son aquellos que en el manifiesto del partido socialista titulado “Constitución, laicidad y Educación para la ciudadanía”, acusan a la religión de ser incapaz de vivir en democracia y fundamentar la convivencia. Queda ahora claro quién se otorga la exclusiva de mentalizar a las nuevas generaciones desde sus propios principios, blindados por la ley y obligados para todos. ¿Se puede sostener esto en una verdadera mentalidad democrática y en una sociedad realmente laica (que no laicista)?

Una vez expuestas al gobierno estas y otras posiciones divergentes sobre la asignatura y sus propuestas razonables de reforma, el debate se torna estéril y se evade la búsqueda de la verdad, hasta el punto de cuestionarme si no se estarán camuflando en la “educación para la ciudadanía” todos los fracasos y gravísimos problemas de la educación del siglo XXI. La caída en picado del nivel formativo, la falta de autoridad y respeto en la aulas, la desmotivación vocacional de los profesores, el bulling y la violencia escolar, en definitiva, las raíces enfermas del sistema educativo español, ¿no son nuestro verdadero desafío y la verdadera asignatura pendiente de la ciudadanía?

En estos últimos días hemos oído lanzarse órdagos de objeción al contenido de esta asignatura, y lejos de entrar en un debate educativo que haga justicia a todos, nos quedamos en una polémica colisión de principios que se intenta resolver confrontando a una y a otra ley: ¿la ley del hombre o la ley de Dios? Veamos: el Sr. Rodríguez Zapatero, con motivo de la clausura del 23 Congreso de las Juventudes Socialistas, proclama que “ninguna fe se puede imponer a las leyes de la democracia”. Le respondió el presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Blázquez, “que la fe se propone, nunca se impone”, y remató monseñor Cañizares: “tampoco el laicismo puede estar por encima de la ley”.

Todo este rifirrafe terminará de forma radical, cuando el sistema educativo no esté a merced de las siglas que nos gobiernen (en otros grandes países europeos ya es una cuestión de Estado), y se renuncie a cualquier intento de dominación ideológica, o como sostiene el filósofo G. Albiac, a convertir una asignatura obligatoria en una ingeniería de almas en la que un gobierno imparta su doctrina obligada, hasta que venga otro y haga lo propio con la suya.

El sentido último de la vida humana, de su cuerpo, de la relación afectiva y sexual, en definitiva, la cosmovisión ética que todo ser humano debe adquirir a lo largo de su existencia, no es una ni única, y por consiguiente, cualquier imposición total de una propuesta ética (laica o religiosa), siempre correrá el peligro de coartar lo más sagrado del ser humano: la libertad.

No sería difícil el consenso si el contenido de esta asignatura fuera abierto y se ciñera estrictamente al marco de la Constitución y de los Derechos humanos, dejando a los ciudadanos que elijan la línea “ética” de su educación. Pretender meter todo en el mismo saco y de forma uniforme y obligatoria, seguirá dividiendo y enfrentado a los que vivimos en diferentes universos de valores, para los que sólo pedimos “libertad” y reconocimiento de un espacio educativo obviamente opcional. ¿Estaremos aún a tiempo de lograrlo? Desde ahora me quito el sombrero ante quien busque la verdadera educación, sin intereses ocultos, sin ideologías sospechosas, por lealtad a la ciudadanía.

Por: Víctor Manuel Jiménez López de Murillas | Artículos de opinión | Comentarios (0) | Referencias (0)

Jueves, 07 de septiembre de 2006

Educación para la vida. ¿Quévida?

Hay ciertos demonios de la economía que andan sueltos por el mundo y que están causando irremediables daños humanos y ecológicos, sin piedad, caiga quien caiga. Los primeros que siempre caen en sus garras son los últimos, que mueren a patadas y en pateras. No saciada su sed, suben y toman posesión del primer mundo, que muere ahogado en sus excesos. Tarde o temprano a todos nos alcanzan, cuando penetran en el corazón, lo capitalizan y lo vacían de todo valor humano, quedando a merced del mejor postor.

Leía en una reciente entrevista del filósofo francés Guilles Lipovetsky, reconocido por su éxito editorial “La era del vacío”, una alerta sobre esta grave erosión de la humanidad. Razonablemente postulaba que tras la revolución del siglo de las luces se está librando una segunda: la individualista, la que guillotina toda clase de principios sociales o religiosos que hayan sido y sean capaces de guiar el pensamiento de la humanidad, gestando así un prototipo de hombre hipermoderno, un ser solitario cuya mejor compañía es su tarjeta de crédito.

Hubo profetas, como el personalista cristiano Emmanuel Mounier, que con crudeza presagiaban el nacimiento de un tipo de hombre “absolutamente vacío de todo misterio, del sentido del ser y del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría, dedicado a la felicidad y a la seguridad; barnizado, en las zonas más altas, de una capa de cortesía, de buen humor, de virtud de raza; por abajo emparedado entre la lectura somnolienta del periódico cotidiano, las reivindicaciones profesionales, el aburrimiento de los domingos y de los días de fiesta con la obsesión, para figurar, del último estribillo y del último escándalo”.

Esta antropología cotidiana que impregna todos los poros de la sociedad consumista, exige que cada uno se construya a sí mismo, básica y compulsivamente, consumiendo. No existen más referencias de sentido que las marcas comerciales, las únicas válidas para un “turboconsumidor”, cuyo ansiolítico más eficaz es ir de compras, aunque de nada tenga necesidad.

Los nuevos centros comerciales y de ocio, se han convertido en templos de peregrinación masiva, donde la familia al completo se consume euro a euro. Mientras adoctrinamos a los niños diciendo que el dinero no da la felicidad, seguimos derrochando sin freno en casa y en la calle, enseñándoles que es un sucedáneo para bien vivir y programándoles ingenuamente como consumidores del futuro.

Dialogando con muchos padres observo cómo se angustian cuando a sus hijos les falta lo que otros tienen, piensan que así son menos felices y acaban por ceder resignadamente a la presión consumista de la mayoría. Por ello, admiro a los padres que saben educar con cordura y sobriedad, negando lo superfluo a sus hijos y enseñándoles el arte de vivir sin ser “eurotizados”.

Con razón decía el Papa Juan Pablo II que “el hiperdesarrollo económico que hemos alcanzado los países del Norte ha provocado un subdesarrollo moral, contrario al bien y a la felicidad auténtica”. Es una clara denuncia de nuestro desajuste vital y una llamada a un nuevo orden de vida familiar, en el que hemos de dedicar más tiempo no rentable a crecer en humanidad-comunidad, restando las horas trabajadas en exceso para más consumir.

Ahora que comienza un nuevo curso, ¿qué tiempo dedicaremos a la educación de los hijos en casa?, ¿sobre qué base moral se construirá su personalidad?, ¿qué se sacrificará para que la familia sea una verdadera aula educativa? No cometamos el despropósito de dejar a los hijos a la intemperie de estos demonios materialistas de la sociedad, conformándonos con montarles un ciberestudio para que aprueben el curso, se entrenen como alevines de Ronaldinho, eleven su ego a base de caprichos sofisticados y sean hiperprotegidos sin que crezcan en el sentido del sacrificio y del deber.

Una educación integral exige un sobreesfuerzo que entre todos hemos de realizar, para formar la personalidad ética y espiritual de los niños y jóvenes. De ahí que nuestra actual política educativa, sin dejarse contaminar por ideologías materialistas ni prejuicios antireligiosos, podrá demostrar que tiene altura humana y capacidad de renovación antropológica, si logra una integración plena de la propuesta ética de la religión, que no pocos ciudadanos eligen como horizonte moral de la educación de sus hijos. Enquistarse en debates ideológicos y excluyentes, sin promover un sano pluralismo educativo, nos hará perdernos en dialécticas estériles, mientras la vida pasa maleducadamente.






Por: Víctor Manuel Jiménez López de Murillas | Artículos de opinión | Comentarios (0) | Referencias (0)

Jueves, 23 de marzo de 2006

¿Crisis de la educación o crisis de la sociedad?

Hasta los 11 años un niño “no debe colaborar en casa”. A los 14 años lo más normal es que “utilice un teléfono móvil”. A los 15 los adolescentes deberían “participar en las decisiones importantes”. A los 16 lo suyo es que “decidan la hora de llegar a casa los fines de semana, mantengan una relación sexual” y ya cuenten con suficiente “capacidad para contraer matrimonio”. Los padres que así opinan consideran al mismo tiempo, que a los hijos se les dan “todos los caprichos”, pero “les falta el cariño”, y concluyen quejosos: “los niños de antes eran más felices que los de ahora”. Esto y mucho más pueden leer en el último estudio elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS): “Actitudes y opiniones sobre la infancia y la adolescencia”.

En su lectura no descubrimos nada nuevo, es la vida, nuestra incierta vida. Pero ¿quién no se avergüenza y llena de estupor al reconocer su parte de culpa en la situación de desorientación ética, en la blanda educación y en el permisivismo familiar con los que “bautizamos” desde que nacen a estos pequeños hombres y mujeres del mañana? ¿Por qué se estimula masivamente el consumo y la diversión superficial en vez de educar en el sentido de la vida?, y ¿qué decir del macrobotellón, donde una generación más borracha que joven se bebe sus ideales en alcohol, anestesiando su capacidad de movilizarse para transformar -aún egoístamente- el rumbo de su propia vida y de la sociedad?

Lo fácil es instalarse cómodamente en una cadena de excusas, en la que todos tienen la culpa, menos “yo”, que tengo la conciencia tranquila (¿por dormida, tal vez?). Como sostiene J. A. Marina: “Los padres echan la culpa a la escuela, la escuela a los padres, todos a la televisión, la televisión dice que ella depende de los espectadores, y que si mejoramos a los espectadores ella mejorará los programas, por fin todos nos dirigimos al Gobierno y el Gobierno hace una ley. Y vuelta a empezar”. Ha quedado al descubierto una vez más, que las reformas legales se quedan en la superficie, se obsesionan con los síntomas, pero no van a la raíz de los problemas. No esperemos que una ley educativa nos resuelva el problema global de la educación, ya que es una solución política y simple para un problema humano y complejo. ¡Hay que moverse!, pues no basta con la declaración de principios, y si no tenemos en nuestras manos la solución a todos los problemas educativos, no olvidemos que ante estos problemas todos tenemos manos.

Pero sigamos ahondando... La crisis de la educación no sólo se debe a que el sistema educativo no responde a las exigencias de la sociedad, sino a que ésta tampoco responde a las necesidades del hombre. Por eso, así como sería utópico querer cambiar la sociedad sólo desde la escuela, también lo sería querer dar un vuelco al sistema de enseñanza, sin trabajar a la par por una orientación ética de la sociedad. No es sólo la educación escolar la que está en crisis, sino también la educación social y familiar de toda la vida, hora tras hora.

¿Qué podemos hacer? En principio reconocer que ante la crisis educativa todos hemos de despertar nuestra responsabilidad educadora. Toda la sociedad es como una inmensa aula de clase, educadora o deseducadora, ya que como dice un sabio refrán africano: “Para educar a un niño, hace falta toda la tribu”. Pero resulta que nuestra particular “tribu primermundista” se está concentrando en fabricar técnicos, ingenieros y doctores, que sean suficientemente productivos para que funcione el engranaje económico de alta competitividad y obsesivo consumo, antes que engendrar seres humanos y comunidades habitables de vida. (Y después nos quejamos de nuestros fracasos y frustraciones personales y colectivas). ¿Qué reacción cabe esperar? Seguir formando para el “hacer” antes que para el “ser”, o dar un giro copernicano hacia una verdadera educación, que encamine al ser humano hacia lo más valioso, hacia la excelencia humana, hacia la plenitud del ser.

Creo sinceramente que la mejor inversión pedagógica sería la de una seria formación ética de los educandos, presente de forma directa e indirecta en el diseño curricular. Si la educación no es en valores, no es educación, y un profesor que no se preocupa y ocupa de esta dimensión esencial de la educación, no puede llamarse educador y puede ser reemplazado por un libro, un video o un programa informático. Por consiguiente, en el sistema educativo es imprescindible la figura de un formador en valores, que configure la personalidad ética de los niños y jóvenes, como prolongación y fundamentación de las diferentes opciones éticas del entorno familiar, social y religioso en el que éstos viven.

En este sentido se está reflexionando desde hace tiempo por el espacio que la opción religiosa ha de ocupar dentro del diseño curricular, y por la libertad de elección de una determinada formación ética, inspirada en los valores religiosos libremente asumidos y vividos por padres e hijos. Y me pregunto: ¿por qué razón se impone como asignatura la “Educación para la ciudadanía”, basada en un mínimo común ético para todos, cuando ya existen otras propuestas de “ética máxima” enraizadas y queridas por un amplio sector de familias? ¿Qué tiene de perjudicial y antipedagógico la educación ética inspirada en los valores cristianos que han configurado nuestra milenaria cultura y civilización? ¿Qué intereses laten en el fondo de esta maniobra, en la que se potencia a una (obligatoria) y se arrincona a la otra (optativa)? En conclusión: dime qué ética campea en tu colegio y te diré que tipo de sociedad y persona se están gestando. Y como ante diferentes opciones éticas no cabe ni la uniformidad ni la neutralidad, justo será que nos dejen libres las manos, para que no sea el Estado quien decida la línea “ética” de la educación, sino los ciudadanos.

Por ello, con la que está cayendo en las aulas, en la calle y en los medios de comunicación social, restringir el valor humanizador del ideal cristiano en los centros de enseñanza, para confinarlo en la conciencia individual y en los templos, es una política social y educativa alicorta, que en vez de sumar, resta, aún a riesgo de que la nota final más importante de la vida pueda ser un triste suspenso.

A todos los que queráis aportar vuestras ideas personales sobre este urgente reto, os propongo participar en el foro virtual de “alianza educativa”, para ayudarnos a dinamizar conjuntamente ideas, creencias, alma, corazón y vida, en nuestra escuela y en nuestras familias, de forma que podamos difundir el rico caudal de nuestras experiencias entre todos los que hacemos de la educación, una vida.

alianzaeducativa@gmail.es



Por: Víctor Manuel Jiménez López de Murillas | Artículos de opinión | Comentarios (2) | Referencias (0)

Viernes, 09 de diciembre de 2005

Libertad religiosa y educación

El día 8 de diciembre, hace cuarenta años, se clausuró en la Basílica de san Pedro el Concilio Vaticano II, el acontecimiento fundamental de la historia cristiana del siglo XX. Sin embargo, el proceso de asimilación de su mensaje no está todavía concluido. El “gran amanecer” invocado por el Papa Juan XXIII en su discurso de apertura, continua abriendo las puertas y ventanas de nuestra Iglesia, siempre necesitada de renovación y de nuevo oxígeno para proseguir con vitalidad y frescura la misión encomendada por su Señor.

Recordemos las palabras que el Papa Pablo VI pronunció en la celebración de clausura: “Tal vez nunca como en esta ocasión ha sentido la Iglesia la necesidad de conocer, de acercarse, de comprender, de penetrar, de servir, de evangelizar la sociedad que le rodea. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, un anatema? No ha sucedido esto. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio”.

La Iglesia con este Concilio, no pretendió dejar exclusivamente en herencia unos textos, siendo sin duda importantes, pretendió más bien poner la Palabra de Dios al servicio de la vida de todos los hombres, y desde esa fuente, realizar el gran “aggiornamento” del pensamiento teológico y pastoral de la Iglesia, siempre samaritana del hombre y servidora de la gran civilización del amor.

Hoy por hoy, el Concilio sigue suscitando posturas divergentes, que a nadie dejan indiferente. Para unos, quizá la “revolución conciliar” era excesiva y peligrosa, para otros, faltaban audaces propuestas para afrontar los retos de futuro que se avecinaban. Pero por encima de cualquier juicio de valor, hemos de afirmar en justicia, que constituyó un acontecimiento histórico cuya onda expansiva sigue traspasando las fronteras del nuevo milenio. ¿Cuál es la herencia que nos queda de este giro copernicano? ¿Cómo ha sido su recepción en la Iglesia y en la sociedad? ¿Qué retos siguen siendo de candente actualidad?
Fijémonos, por ejemplo, en la declaración aprobada en la sesión final, la controvertida y audaz Dignitatis humanae. Trata sobre el derecho de todas las personas a profesar libremente una religión, y en consecuencia, de la obligación de los poderes públicos a respetarlo y crear una legislación justa para que los ciudadanos puedan vivir según sus convicciones religiosas. Se trata de una valiente apuesta de la Iglesia, en sintonía total con otras muchas aportaciones para dinamizar y enriquecer nuestra convivencia pluricultural e interreligiosa, como son la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la Constitución Española (1978), los Acuerdos de cooperación entre el Estado Español y la Santa Sede (1979), etc…

¿Hay o no hay fundamentos donde apoyarnos para entendernos y cooperar? Según el Gobierno del Sr. Zapatero, parece ser que no, ya que sigue arremetiendo con la apisonadora de la LOE contra el art. 27 de la Constitución española, haciendo tambalear uno de los ejes fundamentales del espacio educativo que propugna: la libertad de enseñanza, tanto la de los padres para elegir el tipo de educación que desean para sus hijos, como la libertad de elección de centro con un proyecto educativo determinado. Sólo se puede educar en libertad, cuando se hace verdadera justicia, que no es dar a todos lo mismo y por igual, sino a cada uno lo suyo.

Siendo así de sencillo, el Gobierno socialista persiste en su intención de minar los fundamentos básicos sobre los que se ha de mantener la pervivencia y convivencia de los distintos proyectos educativos legítimamente implantados en España, y de ningunear,con prepotencia ,al millón y medio de voces clamando por una educación en justicia y libertad.

El gran teólogo del Vaticano II, Henry de Lubac, ya afirmó en aquel tiempo: “Algunos quisieran suprimir, en la cultura moderna, todo aquello que procede del “judeo-cristianismo”, para reconstruir un mundo pagano. Esta era una de las ambiciones de Hitler, y ésta es también, bajo otra forma, la pretensión de algunos intelectuales o políticos de hoy en día. Esto no tiene nada que ver con el carácter laico del Estado y de las instituciones públicas, el cual contribuye, en una sociedad pluralista, a asegurar la libertad religiosa y el compromiso personal de cada uno con su propia fe. El laicismo doctrinario y agresivo, el ateísmo impuesto, es, por el contrario, un atentado contra la dignidad del hombre, y, cuando influye en el poder político, una forma de tiranía”.

Y en esas estamos 40 años después, cuando a los dos días de la multitudinaria manifestación anti-LOE, la vicepresidenta del gobierno Sra. De la Vega amenaza con rebajar la financiación de la Iglesia, en una nueva demostración del instinto totalitario del Gobierno. La Iglesia le recuerda a la vicepresidenta que sus servicios sociales le ahorran al Estado 36.000 millones de euros. En una verdadera democracia, después de una protesta popular masiva, los que gobiernan deben cuestionarse lo bien o mal que lo están haciendo, dialogar y legislar sin partidismos ni ideologías excluyentes. Lo antisocial sería reaccionar amenazando o castigando a los que protestan.

El día 16 de noviembre pasaba casualmente delante del flamante edificio del Ministerio de Educación y Ciencia, y me encontré con un centenar de profesores interinos, que protestaban contra la LOE pidiendo una ley de estabilidad laboral. Al día siguiente, huelga masiva de los estudiantes de ESO y Bachillerato en toda España. Mientras tanto, se pronunciaba el Sr.Rajoy solicitando al Sr. Zapatero la retirada del proyecto de la LOE, a cambio de un pacto de Estado en Educación, con el compromiso de mantener un mismo sistema educativo, aunque haya cambio de Gobierno. Al mismo tiempo, el sindicato USO solicitaba la paralización de los trámites parlamentarios por los que atraviesa la nueva ley. Sin previo acuerdo, por distintos caminos y contrapuestas razones, acaban todos haciendo frente común en contra del Proyecto de Ley Orgánica de Educación, tras constatar la recelosa disposición del Gobierno a modificar aspectos sustanciales de esta nueva reforma educativa, con el fin de lograr un sistema educativo de calidad y en libertad.

Se olvidan sus señorías, que a los ciudadanos de “a pie” sólo nos importa elevar la calidad de la educación en España, salir del fracaso escolar que los padres y madres constatan en sus propios hijos e hijas (que venimos arrastrando desde la LOGSE), y lograr un sistema educativo “Diversificado, Serio y Eficaz”. Para ello, déjense de artimañas políticas y de ideologías partidistas, ya que decidir por una u otra opción educativa (agnóstica o religiosa) es competencia de los padres-tutores y no del gobierno, al que sí le corresponde estructurar el cauce legal adecuado, que mejor asegure aquella libre opción ética demandada por los padres para sus hijos. Como dijo el Concilio: “los poderes públicos se han de abstener de cualquier monopolio escolar, que es contrario a los derechos naturales de la persona humana”.

Por otra parte, según ha informado la agencia norteamericana “Catholic News Services”, está previsto que en enero el Papa Benedicto XVI publique su primera Encíclica. Será un texto breve, de carácter programático y estará centrado en Jesucristo como Palabra de Dios. Abordará también la relación entre Cristo y la Iglesia, con la mirada puesta en el futuro y el horizonte para el mundo entero, donde el cristianismo convive con otras religiones.

Estemos atentos a la nueva Encíclica de nuestro actual Papa Benedicto XVI, cuya inteligencia y capacidad teológica nos puede reservar sorpresas, que sin duda será una valiosa ayuda para ser testigos de la Verdad, allí donde hoy se está fraguando el futuro de la humanidad. Unidos a él, creo sinceramente que ha llegado la hora de quitar de la cabeza, aún más del corazón, todo tipo de predisposiciones ideológicas, entre cristianismo de izquierdas o de derechas, creyentes progresistas o conservadores, y trabajar tenazmente en la construcción del Reino de Dios, que no entiende de direcciones ni de partidos, sino de pies y manos, que , como las de Cristo, trabajen sin descanso y con sufrimiento para construir la nueva humanidad. No caigamos más en la trampa o equívoco del lenguaje político. El Señor en el Evangelio no dijo: “vamos a hacer unas elecciones, o unas primarias”, sino: “Tú eres Pedro...” y eligió al que iba ser cabeza de la Iglesia; ni tampoco dijo: “Voy a hacer un referéndum sobre la verdad”, sino, “...Yo soy la Verdad, el Camino...”.

Con la vuelta a las fuentes del Vaticano II, sin duda que la Iglesia saldrá fortalecida y ganará en vitalidad evangelizadora, sin replegarse ante el temporal laicista del Sr. Zapatero, ni de la logia que lo inspira, sino más bien, continuando con sabiduría y firmeza ofreciendo al hombre la verdad del Hombre: JESUCRISTO. Fuera de Él no hay futuro, Él es el futuro. Secundemos todos los cristianos de La Rioja el reto con el que culmina la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes 93): “Los cristianos, recordamos las palabras del Señor: `En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis´ (Jn 13, 35). No podemos tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy y los que serán el mañana”.

Por: Víctor Manuel Jiménez López de Murillas | Artículos de opinión | Comentarios (26) | Referencias (0)

Miércoles, 26 de octubre de 2005

NO HAGAMOS TEATRO




Tras rodar la película “The Truman Show”, el actor Jim Carrey tuvo que ponerse en manos de psicólogos, ya que se metió tanto en su papel que llegó a creer que su vida era una farsa. Cuando el ser humano se convierte en ingenioso “actor”, que confunde la realidad con la ficción en su misma persona, corre el riesgo de convertirse en un ser extravagante, que acaba perdiendo el norte de su vida y aquello que nos hace auténticos a los humanos, la dignidad.

Como decía Calderón de la Barca: “la vida es sueño”, y en ese gran teatro en el que a veces convertimos la vida, hay quien sueña con “mundos ficticios”, y transforma su persona en “personaje” que finge ser algo que en realidad no es, ni llegará a ser. Hemos de reconocer con honestidad, que la vida, tal y como a veces la interpretamos, es un puro teatro

Todos los seres humanos, guiados por ese instinto innato de inmortalidad y reconocimiento social, estamos expuestos en muchos momentos de la vida a “perder los papeles” y caer en lo más vulgar, con tal de alcanzar la gloria de la fama. Es curiosa la creciente proliferación de ciertos “personajillos” que de forma “obscena” (puesta en escena) exhiben su intimidad a cambio de entrar en la constelación de los famosos: ídolos del corazón, cantantes prefabricados, futbolistas, directores y estrellas de cine, cuerpos de pasarela…

Estos nuevos héroes de masas, actúan con tal perfección dentro del escenario social, que no sólo cobran por ello cifras astronómicas, sino que intentan convencer a los del patio de butacas, a los que honradamente trabajan a sol y sombra para ganarse el pan de sus hijos, que su vida es un sin vivir, o al menos un “semi-vivir”. Así que coge la fama (aunque sea vulgar) y échate a dormir.

El famoso de pasarela, sujeto tanto de adoración como de aborrecimiento, cada día se cuela a través de la televisión o de las revistas del corazón, creando corriente de opinión, arquetipos de conducta, gustos y gastos, usos y costumbres de lo más variopintas. El público que los consume no está exento de ser contaminado por el mismo virus de fama vulgar, por aquello de “dime que consumes y te diré quien eres”; de ahí la preocupación de muchos padres y educadores de poner freno a esta presión mediática, y proponer en su lugar referentes de “buena fama”, aquella que se gana con el sacrificio que obra el bien.

Quizá esta interpretación suene rotunda y extremista, pero cuando la realidad en tantos casos ya supera la ficción, creo que se impone una crítica de estos roles sociales que hoy se cotizan a precio de oro, desenmascarando a todo aquel que con su exquisita y sutil educación trate de corromper y desfigurar la verdad del ser humano.

Tenemos muchos ejemplos de clonación a pequeña escala de estos héroes de ficción. Basta con ver cómo se generan las nuevas tendencias en moda, música y estética. Con una buena puesta en escena del actor/actriz con más glamour del momento, al instante se produce la clonación del objeto de consumo deseado; de ser uno pasan a ser miles los seres clónico-consumidores, con la diferencia de que uno ganará lo que otros muchos perderán. Es el precio del teatro de la vida, donde unos actúan y otros pasan por la taquilla.

Otro ejemplo de este influjo teatral -salvando las distancias-, es la contaminación que están sufriendo las celebraciones de los momentos clave de la vida, y en concreto las de carácter religioso. La puesta en escena de los que celebran su boda o las primeras comuniones, está llegando a convertir el acto más sagrado de la vida en una exquisita y cuidada obra teatral, donde no falta ni un detalle: trajes, cámaras, luces, banquete, música y ¡acción!

Ni todas son iguales, ni todos son actores. Hay algunos que celebran con fe el sacramento y saben lo que hacen, otros que se dejan llevar por la imposición social, y gran parte, entran al templo y salen del templo como si de un teatro “sacro” se tratara. Sin juzgar actitudes e intenciones personales, que sería un acto de prepotencia por mi parte, sí que podemos deducir en la forma escénica en la que se están celebrando estos actos religiosos, que mucho importa la teatralidad y poco la esencia, que se invierte mucho en preparar decorados y modelos, y poco en vestir con belleza espiritual el corazón que se entrega en fidelidad eterna, o aquel que recibe a su Señor para comulgar con su vida auténtica y desde luego nada ficticia.

¿Por qué no nos atrevemos a hacer todo más humano, veraz, profundo, auténtico, cordial, feliz, familiar, sencillo, participativo, sincero y puro? ¿Hemos perdido de tal manera los papeles que estaremos haciendo lo mismo de lo mismo hasta que acabe la función? ¿Quién es el atrevido y coherente que se quita el disfraz y a cara y corazón descubiertos celebra y no actúa?

Ya hay quien está dando pasos valientes, cansado de tanta apariencia y pastiche social, para celebrar la fe con hondura y ser cristiano en el fondo y en la forma. De esos hacen falta no uno ni dos, sino muchos que hagan frente al acoso teatral y recuperen la verdadera belleza de la vida, que es el ser humano, sin más disfraces y honores que los de su dignidad humana a imagen y semejanza de Dios, ¿se puede pedir más? Pues, señoras y señores, gracias por su atención, bajemos el telón que la función ha terminado.

Víctor M. Jiménez López de Murillas

Por: Víctor Manuel Jiménez López de Murillas | Artículos de opinión | Comentarios (7) | Referencias (0)